Familias y clanes: Cómo se organizaban nuestros antepasados

En la sociedad occidental se da por supuesto que la “familia natural” del hombre es la nuclear: la formada por el hombre, la mujer y los hijos de ambos.

Sin embargo, cualquier tipo de estructura familiar que seamos capaces de imaginar se ha presentado alguna vez en alguna sociedad humana.

Hay familias en las que un hombre vive con muchas mujeres, en las que una mujer vive con muchos hombres, en las que la madre vive sola con los hijos y mantiene encuentros sexuales esporádicos con diferentes hombres, grupos sociales formados por hombres y mujeres que mantienen relaciones sexuales de forma promiscua, parejas homosexuales, etc. Las familias pueden no sólo abarcar a los padres y los hijos, sino también a una muchedumbre de abuelos, suegros, tíos, cuñados, sobrinos y primos, y en cada una de las sociedades cada uno de estos personajes tiene una función asignada y un estatus de dominancia.

Las modalidades de conseguir pareja son muy variadas: por contrato de compra-venta (por ejemplo, mujeres por ganado), por adquisición de servicios, por préstamo, por designación de los padres, o porque se muera un hermano tuyo y debas hacerte cargo de su viuda. Existen muchas clases de matrimonio en las distintas sociedades, cada uno de ellos con una particular combinación de derechos y deberes y con sus propias reglas de divorcio (que se permite en casi todas las sociedades humanas). Por ejemplo, en ciertas tribus africanas, las mujeres dominantes toman esposas femeninas, sobre cuyos hijos tienen derechos de paternidad (los hombres en este caso no tienen más papel que el de artífices de la procreación).

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Existen multitud de reglas acerca de quién puede ser escogido por quién como pareja. En este sentido, sólo hay una regla válida en todas las sociedades humanas, la prohibición de mantener relaciones sexuales entre padres e hijos y entre hermanos (no se sabe muy bien cuál es el origen de esta norma, aunque muchos animales tratan de evitar en alguna medida la falta de variabilidad genética que acarrea el apareamiento entre parientes cercanos).

Para tratar de esclarecer un poco cuál pudo ser el tipo de familia que presentaban nuestros antepasados, podemos estudiar cómo se organizan nuestros parientes actuales más cercanos, los simios antropomorfos. Sin embargo, el panorama no puede ser más desconcertante. Los orangutanes son solitarios: machos y hembras sólo se reúnen para el apareamiento y los hijos son criados por las hembras. En los gorilas, un macho dominante tiene un harén de hembras. Los chimpancés viven en grupos mixtos donde existe promiscuidad sexual y donde los machos ejercen un papel dominante sobre las hembras. Los chimpancés pigmeos o bonobos también viven en grupos promiscuos, pero no hay dominancia de los machos y las relaciones más estrechas se establecen entre hembras. Sólo unos parientes nuestros un poco más lejanos, los gibones, son monógamos: presentan parejas estables durante mucho tiempo y ambos sexos cooperan en la realización de tareas.

¿Pueden aportarnos los fósiles de homínidos alguna información respecto a cómo eran sus familias? Hay un rasgo que podría ayudarnos a elaborar algunos modelos. En las especies en las que los machos son dominantes, o en las que los machos deben competir por poseer un harén de hembras, el tamaño de los machos es muy superior al de las hembras (también otros rasgos presentan dimorfismo sexual; por ejemplo, los dientes caninos suelen ser más grandes en los machos, incluyendo el hombre, aunque en nuestro caso no se nota mucho).

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En la práctica, el problema es disponer de suficientes huesos para hacer estadísticas de tamaños. Se supone que si hay una diferencia muy acusada de tamaños entre los distintos individuos, esto corresponderá a un dimorfismo sexual, aunque habría que ponderar otros factores, como por ejemplo que los ejemplares provengan de regiones diferentes o que sean de épocas distintas. Como en principio no se sabe a qué sexo pertenece un hueso, lo que se hace es comparar parejas de huesos tomados al azar en una población humana actual con parejas de huesos tomados al azar de una muestra suficientemente extensa de fósiles.

Por medio de estas técnicas, sólo se han conseguido resultados confiables para dos especies, una de los primeros homínidos (Australopithecus afarensis) y otra de los últimos, el hombre de neandertal. Los australopitecos muestran un gran dimorfismo sexual, lo que prácticamente descarta que fueran monógamos. Los neandertales muestran un dimorfismo similar al de la especie humana. Entre esos dos extremos, no se sabe lo que ha ocurrido.

El dimorfismo sexual humano, aunque bastante aparente, es mucho menos acusado que el de los gorilas, por ejemplo. El cambio en las estrategias alimenticias de los homínidos, con un protagonismo mayor de la caza, pudo impulsar una división del trabajo que mantuviera o incluso incrementara el dimorfismo sexual. No se sabe muy bien por qué fueron los hombres los que se encargaron primordialmente de la caza: si porque eran más fuertes y robustos que las hembras, o si porque si morían en la caza esto no afectaba de manera grande al potencial reproductor del grupo (un solo macho puede fecundar a muchas hembras, pero si se pierden hembras inevitablemente habrá menos crías).

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Por otro lado, otras presiones de selección pueden haber operado en la dirección opuesta, la de reducir el dimorfismo sexual y favorecer la monogamia. El crecimiento del cerebro propició que las crías nacieran más desvalidas, y para que sobrevivieron se requerían los cuidados de los dos progenitores. La división del trabajo pudo hacer que los dos sexos se necesitasen mutuamente y que se favorece la formación de parejas estables. Estas presiones que operaban en favor de la monogamia consiguieron probablemente que se redujera la competencia entre machos por el acceso a las hembras, lo que trajo como consecuencia que los machos no tuvieran que ser tan grandes.

En cualquier caso, parece claro que en la configuración de nuestra forma de establecer relaciones afectivas y sexuales han intervenido multitud de influjos contrapuestos a lo largo de nuestra dilatada historia evolutiva. Quizá por eso somos tan complejos y nos podemos hacer tanto daño unos a otros.

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