Es curiosa la idea que de la prostitución se tiene en el Antiguo Testamento. En el Eclesiastés se dice: “No te entregues a prostituta para que no disipes tu patrimonio”, lo que nos da una idea muy pragmática y materialista del tema.

Es cierto que poco después se afirma: “Toda mujer que es prostituta será hollada como estiércol en el camino”, pero esto es más una constatación que una repro­bación. El teólogo Herbert Haag (1915-2001) en su “Diccionario de la Biblia”. (1966) afirma que “el comercio sexual con mujeres, por dinero, era corriente en Israel. Los padres no tenían reparo en prostituir a sus hijas, aunque la ley prohibía semejante práctica, porque esta prohibi­ción quizás afectara únicamente a la prostitución cultural.

Los relatos testamentarios, no inducen a pensar que los israeli­tas tuvieran por especialmente censurable la conducta de estas mujeres. En cambio, el Antiguo Testamento, reprende sin reservas a las mujeres -y a los hombres- que se prostituyen en los santua­rios en honor de los dioses”. Estos últimos -hombres y mujeres- eran llamados “hieródulos”, que en los san­tuarios de Isis e Istar en Egipto y Babilonia, pero principalmente en los santuarios de Astarté de los cananeos, se dedicaban a la prostitución religiosa en el templo. Los muchachos recibían, por sus servicios, limosnas para la diosa; y las muchachas, ya sea por los caminos como en los santuarios mismos, recibían dinero que ofrecían al santuario.

La prostitución se caracterizaba- y se caracteriza- espe­cialmente por su carácter mercenario. Sólo por extensión puede aplicarse a la mujer que se acuesta con varios hombres. Si no re­cibe compensación económica, directa o indirectamente, no debe llamarse prostituta.

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