En un principio, cuando mi fiel amiga María me decía que tenía que leer la trilogía “50 Sombras de Grey” me negaba. No sé por qué, pero se me antojaba un tanto ridículo eso de leer algo que ya todo el mundo tenía más que leído. A mi por lo general me gusta leer libros que descubra por mi misma y no me llama tanto la atención aquello otro que leo solo porque los demás lo lean. Pero he de decir que, cuando por fin me decidí a dar el paso de abrir la primera de sus hojas ya no pude echarme atrás. No sé por qué, pero al menos a mi me pasó con la trilogía lo mismo que a la señorita Steel la primera vez que vio a Grey: me engatusó.

Aunque ahora que lo pienso, igual no tenía tanto que ver con los libros en sí, sino con Grey, el hombre que posee el don absoluto de hacer que subamos al cielo cada vez que pronunciamos su nombre. La verdad es que nunca había leído una obra erótica tan puramente cercana como esta y tampoco sé bien si es por eso de usar productos de sex shop cada vez que se le antojaban, pero lo cierto es que Grey es capaz de producir un efecto sobre nosotras que al menos yo jamás había sentido al leer un libro.

Parece que lo conociera de toda la vida. Tal vez es porque lo asocio con alguno de mis amantes con los que compartiera más de una noche de pasión y con los que también usara juguetes de los que a Grey tanto motivan, pero, ¿cómo es que un personaje ficticio puede causar esta sensación sobre mi? Que además me caracterizo por no implicarme demasiado en cada una de las historias que suelo leer, pero con él no me resisto.

Es la segunda vez que empiezo a leer la trilogía y en cierta medida reconozco que es porque echo de menos al magnate Christian Grey.

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