A veces, las revistas de cotilleos pueden dar cuenta de cosas realmente interesantes. Lo admito, yo compro alguna que otra de vez en cuando, principalmente para no aburrirme en los trayectos en metro; pero no se lo digan a nadie, ¿de acuerdo?, que sea un secreto. De todas formas, partiré una lanza a mi favor (¿era así el dicho?) diciendo que las vidas de los famosetes españoles de tres al cuarto no me interesan en absoluto. Yo, más bien, suelo meter las narices en lo recetarios de cocina, en la sección de maquillaje y en los crucigramas. A veces aparece algún artículo interesante, eso sí; el último versaba sobre un sexshop, así que ya se pueden ustedes imaginar.

Alguna que otra vez he entrado en un sexshop, lo admito, aunque siempre acompañado. Tiene cierto atractivo morboso con todo ese fucsia sensual y el aroma a dulce que siempre suelen desprender. Una vez entré en uno que tenía un sillón sumamente original, conformado por piernas de mujer embutidas en liga. Ya lo ven, no suelen ser tiendas normales o, por lo menos, convencionales. Quizá por eso me dio por leer el artículo en cuestión, que básicamente versaba sobre la proliferación y el éxito creciente de los sexshop en los últimos tiempos. No me extraña, claro: vivimos en una era de libertad sexual, o eso creo yo.

El artículo se valía de una tienda en concreto para promocionar el resto, casi a modo de metonimia o “parte por el todo” (aprendí esa palabra hace poco, es muy sonora). Las fotos de la tienda me parecieron espectaculares: las vitrinas estaban a rebosar de productos pensados para todo tipo de público, tanto heterosexual, como gay, como para parejas casadas; y en una esquina, incluso, se vendían libros sobre sexología. Me ha parecido fascinante; no creo que tarde mucho en atreverme a comprar algo en una de estas tiendas.

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